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Adictos con carné

José A. García del Castillo

No me negarán que vivimos la época donde más control se lleva de todo y de todos, podríamos decir que hasta la pieza más pequeña de una fábrica tiene su código y su referencia, las mascotas están fichadas por los veterinarios, los libros están codificados y la huella digital, la lectura del iris o la fotografía digitalizada junto con la vida y milagros de buena parte de los ciudadanos del mundo están en fichas, no de papel cuché, sino de las que venimos llamando virtuales. A los fichajes hay que sumarles las toneladas de prohibiciones, normativas, tradiciones o normas sociales a las que estamos sometidos y las miles de pautas y controles que vivimos continuamente en cualquier ámbito de nuestra vida.
Tenemos que memorizar un buen puñado de códigos, claves y contraseñas para poder desenvolvernos en la sociedad de las tecnologías, además de ser conscientes de que si en algún momento olvidamos alguna de ellas podemos quedarnos colgados como una gualdrapa. Posiblemente estemos siendo, sin saberlo, conejillos de indias en muchas experimentaciones que intentan, según sus artífices, mejorar nuestra calidad de vida, pero que podrían perfectamente ser la base de nuevas restricciones, vigilancias y prohibiciones.
Ahora que todo es medible desde la sutil tecnología que nos ha invadido nuestra privacidad, podemos hacer nuevos planteamientos en torno a situaciones que años atrás hubieran sido impensables. La historia clínica de una persona es fácilmente controlable, así como su situación económica, no solamente la real sino también la probable, pudiendo hacer predicciones certeras de su proyección de futuro con un margen de error bastante bajo.
Se puede predecir el comportamiento individual y colectivo en muchos ámbitos sin demasiado trabajo y coste, cuestión que viene como anillo al dedo a las grandes mercantiles. Parece que todo se sigue reduciendo a la salud y al dinero, de momento nos olvidaremos del amor que, aunque no está trasnochado por completo, sigue sonando demasiado rosa o demasiado ñoño. Si la tendencia sigue en la misma línea, acabaremos mucho más vigilados en lo que a economía se refiere y también en los comportamientos que arriesguen la salud, porque finalmente afecta a la totalidad de la población y repercuten en los gastos generales.
Existen iniciativas que persiguen el control de los consumos, en principio de sustancias que son dañinas para la salud y que pueden provocar enfermedad y gasto sanitario evitable. En los últimos días se ha vuelto a proponer la idea de dotar a los fumadores de un carné que controle su consumo de cigarrillos.
El planteamiento es que los fumadores, como drogodependientes sociales legales, puedan ejercer su derecho a fumar pero de una forma controlada y supervisada por las autoridades sanitarias. Sería como una cartilla de racionamiento que en otras épocas de la historia se han vivido con alimentos y productos de primera necesidad. A cada fumador se le permite comprar un número de cajetillas de tabaco mensuales que no podrá sobrepasar, porque tendrá que presentar el carné cada vez que quiera adquirir tabaco.
Con ello se pretende que el adicto al tabaco se ciña a una cantidad fija mensual, evitando así los excesos propios de muchos fumadores compulsivos que luego le cuestan mucho dinero al contribuyente en gasto sanitario.
La idea podría ser extensible a otras sustancias legales. Se puede añadir el alcohol como droga cultural de uso frecuente y masivo, recortando la cantidad que podría comprar una persona por día, mes o año, facilitando así que el consumo fuera restringido a una dosis optimalizada para evitar enfermedades, accidentes y tragedias.
Podrían sumarse tantos carnés como sustancias se quieran regular de forma individualizada o bien recurrir a un único carné de adicto que aglutinara todas ellas. Otra cosa será evaluar las consecuencias de estos controles orwellianos, pero todos sabemos que los ciudadanos de este país tienen buenas tragaderas.

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